domingo, 16 de mayo de 2010

Caminos I




Camina delante de mi, delgado, con el pelo negro y ondulado mesido suavemente por la brisa del centro marino. Camina con ella, no me decido, miro su camisa, que en realidad es mía, esa camisa que por cuestión de minutos, ha elegido sentir su cuerpo. Lleva una pulsera de cuero y las gafas puestas. Pienso que no puede ser verdad, y no me equivoco, que esto debe ser un sueño, y de hecho lo es, no puede ser que lo tenga a un paso de mi y que me ignore, y lo más preocupante aún es que lo ignore yo.
Ahora piensa en él, lo se, lo puedo leer en su modo de mirar el horizonte interminable. Piensa en qué hará en la casa, si verá como de costumbre, con los ojos entrecerrados, apunto de sucumbir al sueño, el futbol. Me imagino que pronuncia sus cuatro silabas mágicas buscando el contacto instantaneo, la unión que momentanea recorre distancia, cuerpos, recuerdos... esa unión que él ha logrado encontrar.
En realidad tengo envidia, envidia de todo, en primer lugar de no entender cómo dos personas tan opuestas puedan compartirlo todo, no, mejor dicho cómo él puede compartir su vida con semejante cúmulo de neutralidades y abandono, ese niño enredado en sus propias sombras... Piter Pan de la madurez. En segundo lugar me detesto, paso el día pensando en él, rascatando el aire por oler su aroma o encontrar esa particula de aire que ha salido de sus pulmones, y cuando por fin, ajeno a mi voluntad, me encuentra, me paralizo. El dificil explicar lo que me ocurre, pero las manos se me vuelven frias y sudorosas, la mente se vuelve a temas triviales y que no tienen nada que ver en ese momento, el temblor del labio superior me traiciona, me siento como un completo imbecil... y eso que no he hablado del físico que debo tener; un niñato de diesiciete años, acojonado y nervioso, rindiendo omenaje a su estado inmaculado de masturbador anónimo. Finalmente, pienso que aunque encuentre las fuerzas, la forma, el momento de que se frague el milagro, si es que eso llega a pasar algun día, no veo de qué manera pueden unirse los cabos de dos vidas tan diferentes, cocerse los extremos de un abismo de casi una década.
El sol, el astro que establece el futuro, heliocentrismo, actualidad, locura, el sol... Se imaginan que despues de ser fecundado por el astro rey, de sentir sus garras quemando la instantanea sensación de vida en los huesos de una sombra animada, un día cualquiera me impongan el imperio de cualquier otro astro. El eclipse que destruye una vida, la destrucción lenta y oscura de un eclipse puesto en pausa.
Lo vuelvo a mirar, ahora habla con ella entretenido, seguramente de todo aquello que no fue capaz de pronunciar nunca, sus palabras chocan con la barrera del romper de las olas, no logro oir lo que se dicen. Una lágrima resbala, corre por la mejilla sin afeitar que le ofrece mi rostro, gira bajo la sombra del mediodia, a la muda melodía de los violines de 700 noches y se muda, cambia de ser, de forma, de estado y ya no es lagrima. Es la soledad fraccionada en millones de diminutas gotitas, que aflorarán, que de hecho ya afloran, durante toda la existencia, durante todo este recorrido de mi vida. La mar se levanta.
Recuerdo la luz menguante de los faroles del paseo de correos, yo iba con ella, fue la primera vez que lo vi. "Mira, ese no es el chico del ballet" le pregunte en un susurro que el oyo a la perfección, recuero ese giro de cuello, esa sonrisa de "si, el mismo" esa mirada escrutadora que me dejó por primera vez, una de otras tantas, sin saber qué decir, que carcomió mi estatua de sal, mi forma de desinteres acostumbrada, mi olvido que distrae la calle.
La senda es de madera, no veo el fin de este cuenco de agua salada, de este cuento de cinco y diez de la mañana, de esta revelión atemorizada del cuerpo, nocturna revelión de la platea. Ruidos de zapatos en la madera de la noche. Alma.
Me lleva, ella desaparece, la mar baja y el sol se pone, tiñe de añil y negro los cabellos de la tarde, el viento sopla en la senda que nunca termina, huelo su presncia, me decido, adelanto el pie izquierdo, luego el derecho, mas rapido, mas rapido, mas... y lo alcanzo.
El sol se pone, quedan segundos, de pronto las sombras se alargan a punto de acabar su ciclo. Él, como si de un hecho sobrenatural se tratase, se da cuenta que hay alguien a su lado, me mira, desconcertado, intenta hablar, me empieza a temblar el labio y el sol desaparece definitivamente. Intento decir algo pero las palabras no nacen, cada sueño tiene sus respectivas normas, y sabiendo que todo termina, que todo acabará su etereo juego de ilusiones quebradas, cojo su mano, con la suavidad que siempre imaginé que presentaría su tacto y entrelazo mis dedos parándome en medio de aquella vida de naufragos. Doy comienzo a un despertar más.

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